EL POLVO DE LOS DÍAS RAROS
Cuando el hielo cruje es que estás pisando fuerte, y no todos los cimientos están diseñados para cualquier soporte.
El convencimiento de que esa es la senda y esos los pasos a dar te lleva a dejar postales olvidadas a pesar de su idílica conveniencia o su belleza. Elegir el ritmo que alinea valores y principios es brújula inequívoca para no quedarse enganchado a esas ramas que decoran la experiencia pero no la honran. Exigir paridad en las formas en las que uno siente es antinatura, y por tanto, escandalosa oportunidad para pasar la rosca de la maltratada espiral de colores que nunca llegó a rozar su punto aldente. El plan b, el que no se cocina a fuego lento estaba cubriendo de espesa y pesada capa nebulosa el sentido del camino interior que con tantó tesón llevo recorriendo lustro y medio de años. Mendigar un simple abrazo o aguantar en barra hostil se me hace demasiado largo y desorbitadamente caro. El niño ya no está a merced de las condiciones meteorológicas. Las heridas del pasado están cicatrizando, y el miedo al rechazo o al desamparo ya no balizan la vereda de lo por norma estipulado. Ahora somos refugio, amor y coraje. Y aquí seguimos, tocados pero no hundidos. Tomando decisiones y asumiendo responsabilidades que parecieran insultos al juicio de unos muchos. Mientras, ahí abajo, la ciudad, celebra "lo que toca", complaciente. Aunque no se vibre con lo que se hace ni con el significado. Sobrevivir para trabajar y hacernos pequeñitos para encajar. Se viene pandemia vital. Mientras tanto, sigamos bebiendo para olvidar tanto malestar, como los peces en el río, como las ardillas en su secreto manantial.




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