¡OH, JODIDA NAVIDAD!
No es "cosa de niños", aunque así lo pareciera, afrontar y gestionar los tragos y estragos de la Navidad. Época, que por tradición y costumbre emocionalmente me sale cara. Donde la casi forzosa imitación de conductas y sentimientos te lleva a un "cercano oriente" de conflicto ético y moral, en el que "lo que toca", está en muchos casos reñido con lo que se siente. Amanecemos un 22 de diciembre de da igual el año disparando todas nuestras expectativas extrínsecas, llenando vacíos con cosas normalmente tangibles pero que al alma no le hacen "ni fu ni fa", por algo será. A eso del mediodía de ese mismo "numerito marcado en rojo del calendario" todo ese castillo de irrealidad se nos ha caído de un golpe de realidad, que no de suerte, lo que no deja espacio más que para la frustración y el conformista y minusvalorado deseo de salud. Una frustración que empezamos bien pronto a ahogar en alcohol, compras o excesos culinarios un par de días más tarde, en la previa de una noche a la que se le colgó el sambenito de "buena", y por más que las sensaciones sean otras bien distintas, toca peinarse por fuera para aparentar y camuflar lo que por dentro se está resquebrejando. Ahora sí, ya es Navidad, y los buenos deseos nos embriagan hasta el empacho. Estos días hay que verse, ¡Eh! Aunque luego durante el resto del año no tengamos media hora seguida sin distracciones para dedicar a esa persona supuestamente importante en nuestras vidas. Demasiada hipocresia. Trescientos sesenta y tres días cenando modestia para en dos veladas y un banquete nupcial atiborrarse a discurso y cuerpo de rey. ¿No nos queremos tanto?¿Porqué no nos juntamos en marzo o en octubre y nos hacemos unas bocatas de "lomo completo" para celebrar la vida, la amistad, la familia, el amor, el tiempo...
Tiempo que se acaba con las doce campanadas que marcan un antes y un después en el calendario que tenemos imantado en la nevera, porque del resto, nada cambia si tú no cambias. ¿Qué pasa?
Que los cambios llevan consigo riesgo, decisiones difíciles, y dejar la comodidad de "lo malo conocido" atrás. Y eso no lo queremos, bueno, si que lo queremos, pero sin la necesidad de la pena que conlleva la valía del acto. Nos vamos a dormir anestesiados y con la falsa creencia de que a partir de mañana todo empieza de cero, y no, si nada soltamos, nada amanece más ligero. Es más, es probable que la mochila pese más, por exceso de inhibidores, culpa y conformismo, y por defecto, de coraje, honestidad y movimiento. Después de los "fuegos ARTIFICIALES", llega la traca final. Una cada vez menos sibilina prostitución de la ilusión, la magia y el "te llevo en el pensamiento aunque no estemos cerca". Máximas inconmensurables que hemos regado de pestizida y contraproducente capitalismo donde el precio ha sustuido al valor, y donde "las cosas", han sustituido lo esencial,aquello que no se puede cuantificar pero que hace humanas a las personas.
Sí, estoy de resaca, mala muy mala. Me duele la cabeza, el cuerpo y el alma. Pero tranquilos, que esto también se pasa.
¿Y ustedes, cómo están ustedes?




Comentarios
Publicar un comentario